Siendo uno de los libros más leídos
en el mundo; de hecho, es el libro francés más leído y traducido de todos los
tiempos, no me extraña haber oído de él siendo una niña. Cuando abres El
Principito lo primero que encuentras es la dedicatoria de Antoine de
Saint-Exupéry a Lèon Werth cuando era niño. Esta dedicatoria pone
un punto de partida para la historia: ¿cuándo dejamos de ser niños?
Lo
que embellece al desierto es que esconde un pozo en cualquier parte
Leer un libro en diferentes momentos
de la vida o en situaciones distintas genera interpretaciones variadas en el
lector. La belleza de la lectura radica en lo que nos brinda: la experiencia y
el mensaje. El Principito tiene una gran cantidad de símbolos e imágenes
importantes, cada cual con su propio significado pero considero que nos llevan
a apreciar aquello que quizás se puede estar dejando de lado. La sensibilidad
que inspira este libro se manifiesta en la sencillez con la que se expresan
temas complejos como la soledad, la amistad, el amor y la muerte.
Cuando leí El Principito
siendo niña me pareció un cuento muy interesante y recuerdo que lo que más me
marcó fue el principio cuando el aviador relata cómo los adultos no entendieron
sus dibujos sobre la boa constrictor y el elefante y sobre los baobabs. En ese
tiempo quería aprender a dibujar mejor y no sabía qué era un baobab. He vuelto
a leer el libro en varias ocasiones y siendo adulta cada vez reparo en una
parte o una frase distinta que me hace pensar un poco más. Incluso tuve la
oportunidad de compartir este libro con personas que se encontraban pasando por
un momento difícil y que más que una discusión, necesitaban ver lo esencial
nuevamente.
Dejamos de ser niños cuando comenzamos a aceptar nuestro crecimiento físico y mental, cuando nuestra vida cambia y tenemos responsabilidades, cuando tenemos que pensar en nuestro futuro. Sin embargo, nunca dejamos de leer y El Principito es un pozo en el desierto; es un libro que mediante su lenguaje sencillo e historia cautivadora nos devuelve un poco de la inocencia que hemos perdido.
Violeta, la lectora

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