Siempre he pensado que expresar
sentimientos por medio de palabras es un arte y un misterio. Existen miles de
palabras en este idioma; sin embargo, no siempre sabemos cuáles usar para decir
lo que sentimos. A veces no pueden salir de nuestros labios; la voz no es
suficiente para comunicar eso que llevamos dentro. Nos quedamos mudos y ya. Por
eso empecé a escribir cartas.
Cogí unos papeles bonitos que
tenía guardados, de esos que olían a perfume y comencé a escribir. Tal vez fue para
mis padres o tal vez fue para mí misma, lo cierto es que se comenzó a plasmar
en esa hoja una infantil rabieta que terminó en lágrimas de alivio. Las
palabras salieron y con ellas la tristeza se fue disipando. A los papeles perfumados
se sumaron los diarios, las hojas de cuaderno, las libretas, servilletas y
separadores…un día llegaron a la computadora y se sintieron diferentes. Estas
cartas para nadie recuperaron su espíritu con el tiempo y siguieron fluyendo.
Un día me di cuenta de que también
he recibido tantas cartas como las que escribí; llegaron de personas que me confiaron su voz y llegaron a mi pluma o a mi Word. Conforme escribo y leo
cartas las imágenes aparecen en mi cabeza y van pintando paisajes de diversas
tonalidades cada uno con su propio misterio.
Hoy decidí escribir esta carta
para quien tenga ganas de leerla. Hace mucho que le doy vueltas a la idea, pero
creo que estos textos merecen llegar a alguien más. Mientras el procesador va
reproduciendo estás palabras no dejo de pensar cuántas Cartas Violeta se
llegarán a virtualizar.
Violeta, la autora

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