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Un día a la vez

 

Llega la tarde y la voz se va apagando. Ya no hay niños que atender, solo tareas que revisar. Mejor respiro un rato; no tendré tiempo para ello luego. Debes estar cansada de escucharme, pero ya los conoces; después de todo los escuchas también, es imposible no hacerlo.

Me gusta enseñar. Estos últimos años he considerado seriamente dejar de hacerlo. Mi vida se consume frente a la pantalla mientras busco actividades para tener la atención de niños de 10 años que hacen todo lo posible por ignorarme. Están avanzando rápido. Bueno, no todos. Solo algunos…¿tal vez 3? ¿Deberían pasar de año? Van a pasar de año o sus padres no pagarán la pensión o eso dice la directora.

Hoy todos querían participar, ¿escuchaste esa clase? Ah esa no, bueno hicimos cálculo mental y han estado súper atentos. Ojalá apagaran su micro después de participar…la mamá de esa niña sigue creyendo que no se escucha cómo le dicta las respuestas. Y el otro niño cree que no se ve su calculadora… En fin, no puedo obligarlos a aprender, ya es obligatorio que estén en el colegio ¿verdad?

Lo bueno es que estoy en casa, al menos puedo descansar un poco más. Ayer me alcanzó el tiempo para almorzar antes de comenzar con el proyecto de los niños. Hay que reunirse con cada uno para que todo quede bien, creo que estamos avanzando. La presentación es la otra semana y aunque se quejen en el grupo no puedo hacer nada si el profesor de historia no les escribe.

Ya tengo que volver, me duele la garganta. ¿Tienes paracetamol? Gracias. ¿Mensajes? Cierto, hay reunión de profesores a las 8…

Miss Profesora

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